Ayer por la tarde, al bajar del coche, escuché como una madre cargada con bolsas de un supermercado cercano le iba hablando a su hija, una niña de no más de siete años: “date prisa, date prisa, joder con las prisas, todo el mundo tiene prisa, está todo el mundo estresado”.

Al instante me transporté a un viernes o sábado cualquiera cuando suelo ir a hacer la compra semanal, a una fila en una caja de supermercado, y he sentido esa prisa de la que hablaba la señora.

Solemos estar serios, con nuestros productos, buscando siempre la caja que menos gente tenga o que menos cosas lleve, mirando hacia la persona de delante, refunfuñando si tarda un poco en buscar monedas para pagar justo lo que marca su ticket, respirando nerviosos porque meten las cosas despacio en las bolsas o carritos de la compra, incluso molestos porque alguien se equivoque al marcar su pin de la tarjeta de crédito.

A mi misma me ha ocurrido, yo he sentido esas cosas. Pensándolo ahora, con calma y fríamente, me doy cuenta de que en muchas de esas ocasiones, en la mayoría, no tenía nada urgente que hacer después, no había necesidad de correr, de presionar, de mirar con impaciencia a la persona de delante o a la persona que está haciendo su trabajo cobrando.

¿Qué nos hace vivir así?, sería muy fácil echar la culpa a todo lo que tenemos que hacer, a nuestros múltiples roles y las tareas que llevan asociadas, a la sociedad en la que vivimos que nos empuja ferozmente ,  o a la educación recibida que nos dice que el tiempo es oro.

Claro que el tiempo es oro pero también lo es la salud, y nuestra salud mental cada vez más desgastada por esas prisas, por ese estrés, nos lleva a estar continuamente cansados, malhumorados, dejando pasar la vida como si no perteneciéramos a ella.

Debemos ser nosotros mismos quienes pongamos límites, quienes prioricemos lo que hay que hacer, quienes nos centremos en el aquí y ahora, con una actitud tranquila, sosegada, sabiendo que hay tiempo para todo.

En esta sociedad que cada vez corre más somos nosotros los que debemos decir basta, tomar aire, sonreír y disfrutar de cada momento, porque cada momento es único en la vida.

He escuchado muchas veces cuando una de esas filas del supermercado avanza despacio la frase de “nos hemos puesto en la fila de los tontos”. A partir de ahora prefiero pensar que cuando eso me ocurra me habré puesto en la de las personas tranquilas, que se toman la vida de una forma relajada y son mucho más felices.

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